Helicobacter pylori es una de las bacterias más prevalentes a nivel mundial: más del 50 % de la población la porta. Sin embargo, solo una parte de estas personas desarrolla síntomas o patología asociada.
Este dato, por sí solo, ya nos da una pista relevante:
la presencia de la bacteria no es suficiente para explicar la enfermedad.
En condiciones de equilibrio, H. pylori puede coexistir sin generar clínica. Es cuando el entorno gástrico y digestivo se altera cuando su sobrecrecimiento y virulencia adquieren relevancia clínica.
Los síntomas más habituales incluyen:
-Dolor o ardor epigástrico.
-Digestiones pesadas, gases e hinchazón.
-Náuseas, pérdida de apetito.
-En casos más avanzados, gastritis erosiva o úlceras.
Muchas personas son portadoras asintomáticas y no requieren tratamiento, salvo en contextos de mayor riesgo (lesiones gástricas, antecedentes familiares de cáncer gástrico, uso crónico de AINEs, entre otros).
No obstante, H. pylori está clasificada por la OMS como agente carcinógeno tipo I, lo que justifica el tratamiento erradicador cuando existen síntomas o factores de riesgo.
Tratamiento convencional y su impacto
La terapia estándar (triple o cuádruple) combina varios antibióticos junto con inhibidores de la secreción ácida, durante 10–14 días. Aunque suele ser eficaz a nivel erradicador, no está exenta de consecuencias funcionales.
Tras el tratamiento, es frecuente observar:
-Alteraciones significativas de la microbiota intestinal.
-Aparición de disbiosis y, en algunos casos, SIBO.
-Infecciones oportunistas como Candida.
-Persistencia de síntomas digestivos: hinchazón, gases, diarrea, estreñimiento o cuadros tipo colon irritable.
Desde una visión integrativa, esto refuerza una idea clave:
si el equilibrio digestivo no se hubiera alterado previamente, probablemente la bacteria no habría adquirido un papel patológico.
El papel del abordaje nutricional integrativo
La nutrición integrativa no sustituye al tratamiento médico cuando este es necesario, pero sí resulta clave antes y, especialmente, después de la erradicación, para restaurar el terreno biológico:
-Reequilibrio de la microbiota con probióticos específicos respaldados por evidencia.
-Alimentación orientada a la regeneración mucosa y a la diversidad microbiana.
-Reducción de la inflamación gástrica e intestinal.
-Apoyo a los sistemas de detoxificación y recuperación digestiva.
El objetivo no es solo “eliminar una bacteria”, sino restablecer un ecosistema digestivo funcional y resiliente, reduciendo el riesgo de recaídas y de secuelas digestivas a medio y largo plazo.
Porque, en salud digestiva, la pregunta no siempre es qué bacteria está presente, sino por qué ha podido proliferar. No nos quedemos en los síntomas, entendamos las causas y sigamos trabajando una vez que se ha finalizado el tratamiento. Primero, tratar. Después, recuperar el equilibrio: dieta, microbiota, gestión del estrés…



